Carla Alegría Vásquez: Benito en la historia

Carla Alegría Vásquez: Benito en la historia
Carla Alegría Vásquez, cientista política linarense.

"América somos todos. Y esa verdad no debería ser incómoda ni en Washington ni en el Maule. Aquí también urge dejar atrás la pelea pequeña, esa obsesión por clasificar al otro entre derecha e izquierda, como si la humanidad avanzara desde la fragmentación. La historia demuestra lo contrario: avanzamos cuando nos reconocemos, cuando nos unimos, cuando entendemos que el arte, la política y la vida no existen para dividirnos, sino para recordarnos que compartimos destino. Gracias, Benito, por tanto material estas semanas. No exagero al decir que podría construirse un curso completo analizando los símbolos, los gestos y las narrativas que nos regalaste a través de tu música. En tiempos de ruido, hay actos que todavía logran decir algo esencial: que la unión sigue siendo un acto profundamente político", indica la cientista política.


Por Carla Alegría Vásquez (cientista política)

                         Hay semanas en que una columna no se escribe cuando se quiere, sino cuando se puede. Esta vez, aunque me alejo del relato estrictamente maulino, no abandono el relato político que nos atraviesa como continente. Porque América —aunque a veces se nos olvide— es una sola historia en disputa constante entre la unión y la división. Y había que esperar. La paciencia, esa virtud tan poco valorada en tiempos de inmediatez, tuvo su recompensa.

El show de Benito en el Gran Tazón fue más que un espectáculo: fue un acto artístico total. De esos que no solo se escuchan, sino que se leen. Un gesto que dialoga con lo que Michael Jackson inició décadas atrás, cuando el escenario y el videoclip dejaron de ser acompañamiento musical para transformarse en relatos cargados de símbolos, identidad y postura.

La música, el teatro y el cine nunca han sido neutrales. Son escenarios prodigiosos del poder, espacios donde se disputa sentido. Para muchos líderes del mundo —y también para quienes observamos la política con atención— el arte ha sido siempre una herramienta profundamente política. No es casualidad que, incluso en nuestra propia zona, sepamos de quienes han comprado medios, pantallas o apariciones para sostener su relato y ampliar su público objetivo. El poder sabe dónde hablar.

Desde ese lugar observo. Como cientista política, muchas veces quedamos fuera de las plataformas tradicionales de análisis por no encajar en categorías cómodas. No somos opinólogos partidistas ni voceros de trinchera. Y aunque a veces resulte injusto, en el análisis profundo de los actos humanos no abundan otros oficios capaces de leer lo simbólico con la misma seriedad. Porque todo acto humano es político. El desafío —y también la belleza— está en explicarle a una sociedad polarizada que no se trata de ser de izquierda o de derecha, sino de ejercer una mirada casi médica: observar los síntomas, analizar los hitos y comprender cómo ciertos actos articulados terminan moldeando conductas colectivas.

Por eso lo de Benito no es anecdótico. Hace pocos días conversaba con una querida amiga, hermana, que vive en Estados Unidos. Me hablaba del impacto que ha tenido descubrir aspectos incómodos del funcionamiento gubernamental, del miedo latente, de la sensación de estar viviendo un punto de quiebre histórico. Incluso de la sospecha —que ya no parece tan exagerada— de una nueva guerra mundial si no se detienen los impulsos autoritarios de quienes hoy detentan el poder.

En ese contexto, la imagen de Benito usando un chaleco antibalas en los premios Grammy y luego en el Super Bowl deja de ser un gesto estético y se vuelve un símbolo brutalmente claro. Porque una parte del poder político y económico no escatima ni recursos ni conciencia para apropiarse de lo que cree suyo. Lo que vivimos en enero y decantó con fuerza este mes fue observado por el mundo entero. No es menor: uno de los eventos más vistos de la historia reciente, en medio de una ofensiva abierta contra los inmigrantes, mientras las comunidades latinas se niegan a seguir aceptando el silenciamiento de la prensa tradicional.

América somos todos.

Y esa verdad no debería ser incómoda ni en Washington ni en el Maule. Aquí también urge dejar atrás la pelea pequeña, esa obsesión por clasificar al otro entre derecha e izquierda, como si la humanidad avanzara desde la fragmentación. La historia demuestra lo contrario: avanzamos cuando nos reconocemos, cuando nos unimos, cuando entendemos que el arte, la política y la vida no existen para dividirnos, sino para recordarnos que compartimos destino.

Gracias, Benito, por tanto material estas semanas. No exagero al decir que podría construirse un curso completo analizando los símbolos, los gestos y las narrativas que nos regalaste a través de tu música. En tiempos de ruido, hay actos que todavía logran decir algo esencial: que la unión sigue siendo un acto profundamente político.

(El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de Séptima Página Noticias).